30 may. 2020

NUESTRO QUERIDO FUTBOL
“Se puede vivir sin fútbol”, escuchamos. Es cierto, llevamos casi tres meses sin fútbol y aquí estamos. No hubo síndrome de abstinencia, lo acatamos juiciosamente. Nos hemos arreglado.
El fútbol hace una obra social extraordinaria entre la juventud y la niñez. A miles les enseña desde higienizarse y viajar hasta ser tolerantes con el compañero que malogra un gol o respetuoso de las decisiones del entrenador. 
Entre sábado y domingo varios millones juegan, dirigen, arbitran, controlan, organizan o simplemente alientan o acompañan. Ellos no cobran por jugar; los anima un entusiasmo genuino, no un fanatismo. Hacen deporte y son felices. Esperan con ansiedad toda la semana la hora de ir al campo y practicar su juego preferido. No sólo está satisfecho Robert Lewandowski, la estrella del Bayern Munich que cobra 10 millones de euros anuales por sus goles; está contento ese chico de 12 años que tendrá su desafío, el ilusionado papá que llevará a sus dos hijos a un partido de divisiones menores, el técnico del femenino que sueña con un equipo ganador, el miembro de la selección de no videntes. No cobran por participar, al contrario, afrontan gastos. Pero no duermen la noche anterior por la emoción. Es parte de las implicancias sociales del fútbol. 
No miremos solamente a Messi, Lewandowski, Neymar o Cristiano Ronaldo. Son apenas una fina capa, debajo hay una amplia corteza que comparten miles de millones entre futbolistas aficionados, hinchas, trabajadores del fútbol, periodistas, técnicos, preparadores físicos, médicos, vendedores, empresas de indumentaria, de artículos promocionales, de bebidas, de alimentación. 
La pelota no es apenas un negocio, hay que verlo también como una pasión, como un motor económico que da empleo a cientos de millones en el mundo. Y como un hecho cultural metido en el alma de los pueblos.
El fútbol no es simplemente un juego de once contra once ni un escenario de vanidades, es un fenómeno que nos ayuda a vivir mejor, con ilusión y expectativa. De la educación, la salud, la seguridad y otros servicios esenciales debe encargarse el estado. El fútbol no busca ponerse por delante de los hospitales o las escuelas. Ni se cree más importante que los médicos o los científicos. Es lo que es. No tiene la culpa de su popularidad. No se le puede pedir a los hinchas que renuncien a su influjo. Es como decirle a dos enamorados “no se amen”. 
Un niño en la cancha es un niño menos en la calle. Cuenta el periodista colombiano Jorge Barraza que en el año 2006 se realizó en Bogotá un seminario de la FIFA  y en el que participaron la UNICEF y otras organizaciones de ayuda a la niñez, las cuales expusieron su acción. Casi todas centraban su labor caritativa en derredor del fútbol. Patricia Janiot, quien fuera presentadora de la CNN, estuvo presente; presidía ya entonces la fundación "Colombianitos", que ayuda a niños desplazados por la guerrilla. Niños que han perdido a sus padres, a toda su familia. “Muchos quedan bloqueados y no vuelven a hablar, no responden a estímulos” explicó. No sabían qué hacer con ellos, hasta que a alguien se le ocurrió llevarlos a una cancha de fútbol y tirarles una pelota. ¿Qué pasó? Los niños salieron corriendo y gritando tras la pelota. Se abrieron. A partir de allí, toda la estructura de la fundación se centra, primero, en una cancha de fútbol. “Circundando el campo se hacen los comedores, las habitaciones, las demás dependencias”. 
La memoria siempre nos sirve en bandeja un recuerdo memorable de Eduardo Pavlovsky, psiquiatra, actor, dramaturgo y director argentino fallecido en 2015. Pavlovsky iba al fútbol y adoraba a Independiente. “¿Qué cosa es el fútbol, de qué está hecho…?”, se preguntaba. Desde su óptica profesional narraba una experiencia vivida en la final de la Libertadores de 1964; años después aún no lo podía creer: “Cuando Mario Rodríguez hizo el gol del triunfo me encontré dándome besos y abrazos con hombres que no conocía”. Eso también es el fútbol.

Basado en un texto de Jorge Barraza publicado en "El Comercio"
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